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#CHILE – La ruta de la cepa País: ¿cómo llegó a Chile?

Esta variedad fue la reina de América del Sur hasta que se impuso el paradigma francés, que la destronó para dejarla un buen tiempo en el olvido. A continuación, la historia de cómo llegó desde España y la razón de por qué fue la elegida para colonizar el nuevo continente.
EN LA MESA

Listán Prieto. Ese es el nombre original de la también llamada cepa País en Chile, Criolla Chica en Argentina, Criolla en Perú y Negra Común en Bolivia. Esta variedad viajó del Viejo Continente a la recién descubierta América para colonizar este territorio en el que no habían parras.

A petición de los curas franciscanos es que Hernán Cortés, español que lideró la conquista del Imperio Azteca, trae las primeras plantas en 1520. Era necesario comenzar con la evangelización de los indígenas locales y para eso era muy importante producir vino tinto de misa, el que cuenta con una fórmula especial creada en los monasterios del medioevo mediante la cual se prioriza la estabilidad del producto por sobre sus cualidades organolépticas. En ese contexto, era necesaria la materia prima: las uvas.

En ese minuto se buscó una variedad que se diera de buena manera en algún clima similar a México, que fue donde llegaron los conquistadores. En ese entonces, la Listán Prieto había sido llevada desde Castilla a las Islas Canarias, obteniendo buen resultado. 

A las Islas Canarias llegaron dos variedades claves de la viticultura castellana: la blanca Palomino [conocida allí como Listán Blanco] y la tinta Listán Prieto, que posteriormente viajaría a América y daría origen a cepajes criollos como la quebranta o la torontel. En el archipiélago canario, la interacción histórica entre distintas variedades generó nuevas combinaciones genéticas, entre ellas Listán Negro, hoy una de las uvas más representativas de las islas. La gran pregunta era por qué no trajeron esa a América. Eso, seguramente, es porque la rusticidad de la País la hacía más adaptativa y versatil".

Así es como se optó por esta cepa que produce un vino tinto rústico, de cuerpo ligero y color claro, producto de su piel fina que no aporta mucha estructura por una carga tánica más baja, y que posee notas a frutas rojas, como frambuesa y cereza. 

☆ LA RUTA

En primera instancia, la Listán Prieto llegó a México, para luego expandirse a Guatemala, Panamá, Colombia [donde no prosperó] y al Virreinato del Perú, que se consolidó como tal en 1542, logrando ser el principal núcleo político, administrativo y económico de Sudamérica por más de dos siglos con Lima, fundada en 1535, como su capital. 

En ese entonces, el traslado de parras debía ser solicitado, por eso, el conquistador español Francisco Pizarro —quien encabezó la expedición que iniciaría el derrocamiento del inca Atahualpa para así establecer un nuevo orden político y religioso— autoriza a su capitán, Hernando de Montenegro, llevarlas a Perú. 

En Lima se plantó el primer viñedo y de ahí se propagaron a América del Sur, por lo que después pasan a Chile y luego a Argentina. Los peruanos tienen super bien documentado y localizado: estaba en el casco histórico, al otro lado de la catedral, en los edificios donde antiguamente estaba la casa de Hernando de Montenegro. Ahí se plantaron las primeras parras de América del Sur”.

En tanto, el 4 de septiembre de 1545, Pedro de Valdivia hizo lo propio desde La Serena al solicitarle vides y vinos para Chile al Emperador Carlos V, lo que se considera como el inicio de la historia vitivinícola chilena, por lo que desde el 2015 se celebra en esa fecha el Día del Vino Chileno.

La historia chilena arrancó en Coquimbo, el primer puerto del país. Allí llegaron las parras que se plantarían en 1548 en la ribera norte del río Coquimbo, hoy conocido como río Elqui, en lo que, actualmente, es el sector de Las Compañías. En 1556 eso derivó en la conformación de la viña de Francisco de Aguirre, colonizador encargado de refundar la ciudad. 

Luego, se llevaron parras a Santiago a unos terrenos a los pies del cerro Santa Lucía, que fue donde se fundó la ciudad. Según un artículo de Vinífera, el primer registro de una viña en Chile se remonta a agosto de 1554, y era, de acuerdo consigna el Acta de Cabildo del 28 de ese mismo mes, propiedad de Diego García de Cáceres.

Hay registros que al año siguiente Rodrigo de Araya ya estaba produciendo un vino con destino para la misa, convirtiéndolo en el primer colono en dedicarse a la vitivinicultura en Chile. Pronto, otros seguieron sus pasos: Juan Jufré en Macul, Inés de Suárez en Colchagua y Rodrigo de Quiroga en Cachapoal.

Posteriormente, las plantas desembarcaron en el tercer punto: Concepción, que prontamente incorporó a los valles de Itata y Bío-Bío.

La difusión de la vid hacia Chile se produjo en el marco de la expansión colonial hacia el sur. Desde el núcleo administrativo limeño partieron colonos, plantas y conocimientos técnicos hacia el territorio del Reino de Chile durante el siglo XVI. La fundación de Santiago en 1541 facilitó la implantación de viñas en el valle central chileno. Sin embargo, durante buena parte del período colonial la producción chilena estuvo orientada principalmente al consumo local y regional, mientras que el espacio virreinal peruano mantuvo mayor centralidad en los circuitos comerciales del Pacífico sur”.

La País se adaptó bien, lo que hizo más fácil su expansión, logrando un buen arraigo entre los campesinos viticultores. Pronto, la producción dejó de ser exclusiva para vinos de misa y pasó al uso y consumo familiar para, posteriormente, extenderse a la comercialización urbana.

Así fue como la Listán Prieto no solo se convirtió en la variedad más antigua de Chile, sino también en la más plantada en comparación a otras cepas que ya se habían comenzado a introducir. La segunda fue la San Francisco seguida de la Moscatel de Alejandría, como se le llama a la uva Italia. Ambas, con un margen de unos 20 años de diferencia.

Entre fines del siglo XVI y comienzos del XVII, Chile ya se perfilaba como futura potencia vitivinícola. También en este Reino, las observaciones de (Fray Reginaldo de) Lizárraga demuestran la antigüedad y magnitud de las viñas chilenas. A lo largo del Valle Central desde Aconcagua hasta Concepción y aún en la Araucanía, el dominico halló numerosas plantaciones de vid. En el valle del Limarí detectó "buenas viñas y mejor vino". En Santiago observó que era "abundantísimo todo genero de mantenimiento de vino y frutas, almendras y aceitunas", aunque se presentaban problemas de cosecha porque "suelen venir algunos hielos sobre las viñas". Al referirse a Concepción, señaló que "junto al pueblo están las viñas y se hace vino, aunque no tan bueno como el de Santiago, porque la uva no madura a ponerse dulce"; luego añadió que en esa localidad "no llegan las uvas a madurar de suerte que se pueda hacer vino de ellas". También halló cepas en Angol, las cuales eran mejores que las de Concepción "porque el vino aquí es muy bueno".

Sin embargo, fue a mediados del siglo XX cuando las cepas francesas, como Cabernet Sauvignon y el Merlot, ganan terreno y se convierten en sinónimo de sofisticación. Los empresarios y personajes relevantes de la época encargaban vides a Francia para plantarlas en sus terrenos. Un ejemplo es Melchor Concha y Toro, quien plantó en Pirque, en el valle del Maipo, parras traídas de Burdeos, las que eran tratadas en su bodega, creada en 1883, con el fin de hacer uno de los mejores vinos del mundo, siendo ese el inicio de la conocida mundialmente viña Concha y Toro. 

Y mientras las cepas francesas ganaban terreno, la País iba quedando en el olvido, relegada. Eso hasta que comienza, en la década del 2010, el despertar nacionalista latinoamericano y el tema de la identidad empieza a sonar más fuerte. Las Denominaciones de Origen, productos típicos y con Indicaciones Geográficas toman protagonismo. Dentro de ese puzzle era necesario volver a las raíces y poner en valor, entre otros insumos, a esa uva que había sustentado las bases vitivinícolas nacionales y sudamericanas.

Gracias al fuerte arraigo campesino que tuvo en sus inicios, aún se podía encontrar ciertas parras centenarias en los valles de Cauquenes e Itata, donde estuvieron la gran mayoría de las personas ligadas a la tierra que decidieron no dejarse llevar por la moda y el ideario de prestigio que daban las cepas francesas.

Por eso, actualmente en Chile gran parte de la producción de este vino está en manos de pequeñas viñas familiares en el sur y desde hace unos pocos años esta cepa se ha convertido en una rockstar, siendo sinónimo de algo más profundo que tiene que ver con rescate, reivindicación e historia. Con campo y tradiciones. Hoy se le mira con otros ojos: con curiosidad, a ratos algo de culpa, pero también con el respecto de ser un emblema del pasado vitivinícola chileno. ☆ LO.

IMG + TXT ©️ / Marzo 2026

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