Lenta y contemplativamente, el historiador y director de Vinifera, Gonzalo Rojas, camina muy cerca de donde estuvo la primera viña de Chile, según registra un acta de un Cabildo de 1554. Casi 500 años después, no hay vestigios de ese pasado vitivinícola en los alrededores del barrio Concha y Toro.
El recorrido por ese sector de Santiago no es casual. Menos donde culmina. En una de las bancas de la plaza Libertad de Prensa, el también catedrático narró cómo nació el Día del Vino Chileno, que se celebra desde el año 2015 cada 4 septiembre.
Quizás por coincidencia o en honor al nombre del punto de encuentro, analizó de forma filosa cómo ha evolucionado esta efeméride que contribuyó a construir, repasó lo que es hoy la industria, y aportó una dimensión íntima de cómo conmemora cada año esta fecha de la que se siente orgulloso haber sido parte, aunque a ratos le deja un dejo de agraz. Ese que solo puede quitar un sorbo de un buen vino.
– ¿Cómo nace el Día Nacional del Vino?
Surgió primariamente como una iniciativa impulsada por el excanciller Mariano Fernández, quien después de una larga vida en Europa, de más de 30 años en distintas funciones y amplio contacto con las cofradías del vino, asociaciones de catadores y distintas entidades relacionadas con la cultura del vino, se cuestionó a principios de la década del 2010 sobre la necesidad de tener un día nacional del vino.
Mariano tuvo la posibilidad de conversarlo con la presidenta Michelle Bachelet —quien tiene amplios vínculos con la cultura del vino, por su familia, sus orígenes y su gusto personal— y se mostró llana a impulsar una actividad de esta naturaleza en la medida que existiera algún tipo de sustento.
Fue el año 2014 cuando me contacta una persona que colabora con Mariano y me dice que existe esta iniciativa y que necesitan que yo como historiador del vino me pueda pronunciar sobre la materia con un informe histórico firmado por mí que de sustento a la idea arraigado en una fecha.
Me comprometo a elaborarlo en un plazo lo más breve posible, dado que tenía mucho material acumulado, pues una de mis áreas de investigación ha sido justamente la historia del vino y particularmente la historia colonial. En 60 días emití el informe, que tiene mi firma y que hoy es de conocimiento público, y ese documento fue el que Mariano Fernández le presentó a la presidenta Bachelet.
Ese informe bajó a la coordinación de Vinos de Chile, además fue socializado con 14 instituciones relacionadas directa o indirectamente con el mundo del vino: la Asociación de Enólogos, la Asociación de Sommeliers, Les Toques Blanche, la Asociación de Agrónomos, el Colegio de Agrónomos, todos los organismos dependientes del Ministerio de Agricultura que directa o indirectamente tiene que ver con el vino, Sag [Servicio Agrícola y Ganadero], Odepa [Oficina de Estudios y Políticas Agrarias], etcétera. Luego se generó una mesa cuyo objetivo era justamente discutir este informe y levantar una declaración formal de un Día Nacional del Vino a través de la Presidencia de la República.
La fecha no estuvo exenta de controversia porque han ocurrido muchas efemérides de la historia de Chile el 4 de septiembre, como, por ejemplo, la elección del presidente Allende, el mismo presidente Lagos en el gobierno anterior la había declarado como el Día de la Unidad Nacional. Es una fecha curiosa. Hoy día conmemoramos el Día al Vino.
– ¿Y cuál fue el criterio para ese informe?
Dada la complejidad de encontrar una fecha que suscitara un apoyo mayoritario en un país donde la gente no cultiva particularmente el deporte de ponerse de acuerdo, a mí me pareció que lo más razonable era buscar casi axiomáticamente una fecha que fuese incuestionable y la única que se me ocurrió proponer fue el hallazgo del primer registro en torno al vino. Eso requirió bastante trabajo porque hubo que revisar toda la literatura colonial hasta encontrar efectivamente el registro más antiguo que está en la segunda carta de Pedro Valdivia enviada al emperador Carlos V fechada en la ciudad de La Serena el 4 de septiembre de 1545 solicitando vides para la misa para evangelizar este reino de Chile.
Eso concitó ese apoyo mayoritario casi sin excepción porque al no existir otra fecha precedente demostrada históricamente la fuerza de la evidencia se impuso.
– ¿Por qué casi sin excepción?
Sé que hubo personas y organizaciones que con razón le hubiese gustado que esta fecha estuviese más bien en el ámbito de las fiestas de la vendimia. Pero no existe una fecha de la vendimia en Chile, se van corriendo todos los años. Existen registros múltiples sobre distintas vendimias desde los orígenes del vino chileno, pero no existe una fecha propiamente tal. Casi todas son en abril en la literatura.
Además, esto derivaba en un segundo problema: como los valles ya tienen sus propias fechas de vendimia ninguno de ellos iba a estar dispuesto a ceder su fiesta en pos de una nacional. Entonces, aquí se generó una situación paradójica: Chile tiene un Día Nacional del Vino, muy en su tradición portaliana, formal e institucional, pero hasta el día de hoy no tiene una fiesta nacional del vino como ocurre en Argentina o en la mayor parte de los países de Europa. Quizás por ahí podemos seguir teniendo una cosa al debe.
– Entonces, ¿esta fecha es históricamente irrefutable?
Sí. Lo puedo afirmar con esa certeza porque los españoles trajeron las letras a América y los pueblos precolombinos tenían otros sistemas de comunicación. La escritura alfabética, como la conocemos hoy, la trajeron los españoles. Por lo tanto, no existe registro de escritura anterior a la llegada de Pedro de Valdivia.
De modo que con seguridad podemos afirmar que sus cartas son los primeros ejercicios de escritura que hay y son los primeros registros, propiamente tal, de todo lo conocido en esa época por los españoles en este reino donde se estaban aventurando.
– ¿Cómo evalúas que ha evolucionado el Día del Vino?, ¿Responde al sentimiento con el que fue creado?
La verdad es que tengo un sentimiento bastante encontrado. Creo que el Día del Vino se ha convertido en una mezcla de conmemoración y patetismo. Han pasado ya 11 años y la fecha efectivamente se ha formalizado como una conmemoración con un grado creciente de reivindicación y relevamiento de la cultura, las costumbres, la historia, el patrimonio, cosa que está en la idea original que todos impulsamos, sin excepción. Sin embargo, y es probablemente un problema mayúsculo que tenemos como país, el bajo nivel cultural y alto interés comercial de esta nación. La fecha se ha ido convirtiendo, a su vez, en una especie de venta de bodega, como de excusa para una serie de actividades poco nobles para una fecha de esa naturaleza, como vender saldo de exportación, aprovechar de liquidar stocks de vino barato o promocionar las marcas con mucha fuerza por sobre el interés general de lo que está inherente a una celebración como esta.
Entonces, a veces pienso si el legado de mi trabajo fue entregarle al país una narrativa histórica que sustente una conmemoración cultural del vino o una excusa a un sector industrial para ganar mucho dinero. Me imagino que, hoy por hoy, serán millones de dólares los que ganan todos los 4 de septiembre vendiendo vino en sus distintos formatos, ofreciendo tours, packs de estos que te llegan a la casa, lo cual no me parece mal, pero definitivamente no era el espíritu original de la iniciativa.
Así que cada 4 de septiembre, que para mí por supuesto es una fecha muy importante, me genera sentimiento encontrado: por una parte una especie de satisfacción y por otro una especie de náusea.
– Pero, ¿te sientes orgulloso de haber sido parte de este proceso?
Sí, como también me siento orgulloso de haber sido parte de una serie de otros procesos de evolución de la cultura del vino en Chile. Y este, por supuesto, es particularmente importante, pero cada 4 de septiembre me recuerda el país en el que vivimos, donde hay mucho más comercio que cultura.
– ¿Qué crees que faltaría para que fuera un Día del Vino a la altura de ese espíritu, considerando que la comercialización mueve la industria y siempre va a estar?
Tres cosas. Primero, educación. Segundo, educación. Y tercero, más educación.
– ¿Y cómo la incorporas?
Educación cívica e histórica y la formación en la cultura general. Estas cosas son muy bonitas, hay una gran historia detrás. Siempre hablo de la gran historia del vino chileno que desde un lugar muy recóndito ha logrado conquistar el mundo y llegar a las mesas más importantes, y esa historia tiene detrás rostros, personas, familias, culturas, territorio, geografía y muchas épicas como la del Carmenere y de la cepa País. La historia tan monumental de la Moscatel de Alejandría. Imagínate parritas que fueron traídas desde Europa por los monjes para la evangelización, viñateros históricos que transformaron territorios completos que originalmente eran un desierto en un valle verde y fértil. Cepas que viajaron miles de kilómetros para arraigarse en un territorio completamente hostil y nuevo, y, sin embargo, prosperaron y tiñeron de verde miles y miles de hectáreas y sembraron una cultura vitivinícola que está tan arraigada como en cualquier otra parte del mundo vitivinícola.
Entonces, toda esa gran historia tiene que estar presente en la celebración del Día del Vino en particular, y en la promoción de nuestra cultura vitivinícola en general. Que esté en los colegios, escuelas y universidades. Hoy estamos viviendo una época bastante compleja en esa materia porque existe una infame e hipócrita demonización del alcohol, un producto que tiene más de 10.000 años de relación con el ser humano. Hay una industria farmacéutica que está detrás de esto, que le interesa sustituir ese nicho de mercado y es algo que no se dice mucho. Hay otro gran interesado en esto y es la industria del azúcar, que quiere que la gente deje de consumir vino y tome bebidas gaseosas. Y así hay muchos intereses creados. Se establecen muchos mitos y se va disipando esta historia noble que hay detrás que también son manifestaciones de la cultura tradicional chilena.
El cultivo del viñedo tradicional en Chile es de interés mundial. Entonces, todas estas cosas nosotros tenemos que mostrarlas y me incluyo. Hay que dar más conferencias, más seminarios, hay que llevar la cultura a los colegios, a las calles, las plazas, a los sectores obreros que toman vino en la medida de sus posibilidades, pero a veces sin entender muy bien toda la enorme densidad y riqueza cultural que hay detrás. El vino sigue siendo un producto muy de élite en Chile y eso le ha traído más perjuicios que beneficios.
– ¿Dónde celebras los 4 de septiembre?
En mi casa.
– ¿Descorchas algún vino?
Todos los 4 de septiembre sin excepción, pero eso lo hago casi todos los días. Uno con los años se va convirtiendo en un funcionario. Uno le es funcional al sistema. Entonces, el 4 de septiembre son como mis 15 minutos de fama. La gente se acuerda de mí, me saluda, me felicita, me invitan a lugares realmente notables y, en general, trato de priorizar los pequeños, rurales y significativos. Este año vamos a estar en el Palacio de la Moneda por invitación del presidente de la República, de la cual, por supuesto, uno no se puede restar más allá de cualquier consideración ideológica que tenga. Eso también me muestra que esta cosa está viva y va evolucionando.
– ¿Qué es para ti ser hoy rostro en la campaña de Vinos de Chile?
Me pone contento básicamente por dos cosas. Primero, porque pagué un favor que les debía desde hace años y cuando uno tiene deudas debe pagarlas. Lo segundo, me deja satisfecho porque no me gusta ser un inútil y si puedo contribuir con lo que hago y sé, en este caso a la promoción de la cultura del vino, por supuesto que lo voy a hacer.
– ¿Cómo analizas hoy la industria del vino chileno?
Creo que la industria del vino chileno está experimentando una crisis en el sentido más profundo de la palabra: de cambio, y eso es una muy buena noticia porque tiene la oportunidad histórica de despojarse de todos estos adornos de plástico con los que se ha vestido durante estas últimas décadas y volver a ponerse el traje que tradicionalmente tuvo en el siglo XIX y XX. Asumir que la fiesta estuvo muy buena; que lo comido y lo bailado no se los va a quitar nadie; que aprovecharon de manera muy inteligente y eficientemente el ciclo expansivo de los commodities vendiendo el vino chileno como uno, al igual que la harina de pescado, la celulosa o un molibdeno, ganando mucho dinero durante los últimos 30 40 años, penetrando mercados que parecían imposibles, y poniendo al vino chileno en prácticamente el mundo entero, y eso estuvo muy bueno. Pero hoy tienen la oportunidad de volver al origen, de devolver el vino a la mesa con su densidad cultural que tradicionalmente tuvo, despojándolo de su máscara de commodity que tiene actualmente.
También asumir que lo normal, si existe algo parecido a eso en la historia del vino —que tiene casi 8.000 años—, es más bien el consumo doméstico, cultural, las denominaciones de origen, la identidad de un vino arraigado a su territorio y a su gente, más que las miles de góndolas de botellas de vino barato y esos estanques de miles de litros que van en estos barcos que transportan jugo de naranja y aceite de maravilla. El volver a ese origen y posicionar a Chile en el lugar que se merece. Creo que es el gran pendiente que tenemos.
– En verdad, ¿crees que eso podría pasar?
Tiene que pasar. Y si no lo hacen las actuales personas que lideran esta industria lo van a hacer otros. Creo que hay que ver esto en una perspectiva larga y pensar no en los próximos diez años, sino en los próximos cien años de la industria vitivinícola. La buena noticia es que ya nadie gana plata con el vino. El vino puede ser un negocio, y en efecto lo es para algunas personas, pero esa es una de varias dimensiones que tiene y, probablemente, es la más superficial. El vino es mucho más que un negocio y no necesariamente tiene que serlo. Históricamente no lo ha sido. La gente que se reúne en torno al vino, ya sea desde la producción, consumo, enoturismo, nunca lo ha hecho por plata, siempre lo ha hecho por gusto. ☆ LO.
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